José Abreu Felippe

Primer llamado. El recluta 51

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JOSÉ ABREU FELIPPE

ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

Entre 1959 y 1963, en esos cinco primeros años de experimento e improvisación revolucionaria, la todavía próspera y esperanzada nación cubana se había estremecido hasta sus cimientos. Miles de fusilados y encarcelados, absurdas y arbitrarias nacionalizaciones desde el mismo 1959, la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, la crisis de los cohetes en 1962 que puso al mundo al borde de una hecatombe nuclear, guerrillas en el occidente y en el centro del país, descontento y escasez crecientes. La incipiente dictadura necesitaba urgentemente de una herramienta que le permitiera el control absoluto de los jóvenes –fuente primaria de rebeldía– y es así que el 26 de noviembre de 1963 se promulga la Ley No. 1129 que establece el Servicio Militar Obligatorio (SMO) y se crean los comités militares, las comisiones de reclutamiento y las oficinas de inscripción en el SMO. Debían inscribirse todos los jóvenes entre 16 y 27 años. Los muchachos no tenían que tener los 16 años cumplidos ya que la ley establecía la inscripción “en el año que cumplieran” los 16. Su duración era de tres años, aunque en la práctica se extendía dos o tres meses más, ya que para desmovilizarse había que participar en la zafra de turno. A los reclutas se les pagaba 7 pesos al mes. El primer llamado se efectúo en abril de 1964.

Todos los cubanos que tuvieron que sufrir ese “primer llamado”, no han podido borrarlo de su memoria. Uno de esos cubanos que lo padeció y que no ha podido olvidarlo es el pintor Luis Vega (La Habana, 1944), quien a propósito del cincuenta aniversario de ese acontecimiento, ha escrito un libro, Primer llamado. El recluta 51 (Eriginal Books, 2014), donde narra su odisea personal durante esos tres años y meses de SMO. Escrito como una especie de crónica o diario, se lee como una novela ya que la acción se desarrolla en orden cronológico y se utilizan recursos puramente literarios como el monólogo interior o el diálogo. Estructurado en cuatro grandes partes –La pesadilla, El polígono de tiro, La escuela de artillería y La última parada–, que el autor llama capítulos, cada uno agrupa una serie de subcapítulos o temas, relacionados. Si hay algo que los unifica es la amenidad y la sinceridad con que están narrados; más que en datos, producto de alguna investigación, se apoyan en la fresca memoria del autor.

Los que vivieron aquel horror todavía lo recuerdan. Adolescentes de 15 años arrancados de sus casas y sus familias, de sus hábitos y costumbres, muchos estudiantes; otros algo mayores –el mismo protagonista entró con 20 años–, porque al ser el primer llamado el diapasón era más amplio; algunos casados y con hijos; todos recogidos como ganado en los centros de recepción, para ser montados en camiones rusos, transitar largas horas por caminos polvorientos alejándose de la ciudad, para al final, ya de noche, detenerse en medio de un monte de marabú, y escuchar a un energúmeno gritar: “hemos llegado a la Unidad, ahora hay que construirla”. Sin agua potable, a expensas de una pipa que llegaba cuando podía; los matutinos, las guardias, las marchas, el chícharo con gorgojo y la carne rusa; un cansancio y un sueño perennes; el hambre eterna, el maltrato de los que tienen poder sobre los demás: “Yo, desde el principio, comprendí que sentir un poder sobre los demás es una ilusión que contenta al mediocre y compensa su inferioridad”.

Luis Vega –el recluta 51– tuvo suerte, partió a cumplir su SMO con los pinceles en el bolsillo y eso le permitió, cuando dio muestras de su habilidad, de aliviar en parte el horror cotidiano, pintado carteles conmemorativos o murales alegóricos. También gracias a su preparación académica y a una inteligencia natural para sortear escollos, llegó a pasar de alumno a profesor, lo cual le proporcionó ciertos beneficios. Todo esto lo cuenta Vega con mucha gracia, lo que hace que el calvario se diluya un poco, sea más digerible. Sobre otras catástrofes que acontecieron más tarde a la juventud, como la UMAP, la tristemente célebre Columna Juvenil del Centenario o el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), existe ya cierta documentación escrita, pero en realidad sobre el SMO se ha publicado muy poco. Recuerdo algunos cuentos, pero en estos momentos no me viene a la memoria ningún libro como este que comentamos hoy. Eso hace que su valor se multiplique.

Luis Vega estudió cerámica, fotografía y artes plásticas en San Alejandro y obtuvo una licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Salió de Cuba en 1980, durante el éxodo del Mariel. Es la actualidad está reconocido por la crítica especializada como uno de los mejores paisajistas cubanos a nivel internacional. Primer llamado. El recluta 51, es su primer libro.•

 

El Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio invita a la presentación del libro El recluta 51, testimonio del pintor Luis Vega sobre sus años en el Servicio Militar Obligatorio (SMO), en Cuba; el autor estará presente; presentación a cargo de Luis de la Paz. Sábado 11, 3 p.m., en West Dade Regional Library (9445 Coral Way).

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