Actualidades

¿Obama qué?

 

José Abreu Felippe

Desde que se supo que la Ley del Cuidado de la Salud Asequible sería obligatoria y que los que no la acataran serían castigados con una multa, me dije que había gato encerrado, que algo no encajaba correctamente. ¿Quién no iba a querer tener un seguro médico asequible, como anunciaban? ¿Qué mayor castigo –en realidad, qué mayor tragedia– podía sufrir una persona o una familia que no tener eso que en este país llaman, eufemísticamente, Seguro Médico? ¿Y encima lo iba a amenazar con una multa? Esa contradicción estaba fuera de toda lógica.

Se suponía, además, que en este país donde la medicina es una industria, al igual que la farmacéutica, es decir, un negocio, algo destinado a ganar dinero y donde del cliente parece que sólo importa la chequera –de ahí el cúmulo prácticamente insalvable de regulaciones que impedían o dificultaban disparando los precios, que una persona con algún padecimiento, presión alta o diabetes, eso que agrupaban graciosamente bajo la sombrilla de “condiciones preexistentes”, pudiera obtener una cobertura médica–, millones de personas sin seguro médico acudirían en masa a cubrir esa necesidad. La ley conocida como Obamacare eliminaba esa inmoralidad, lo cual, por otro lado, era un punto a su favor.

Sin embargo, el resultado no ha sido el esperado por las personas. Los planes, en general, no son asequibles, sino más bien incosteables. Y, al menos para mí, eso es algo incomprensible. Pongamos dos ejemplos. UNO: Si en un pueblo existe un solo fabricante de determinado producto, la oferta y la demanda determinan su precio. Si existen varios fabricantes, entrará en juego, además, la competencia, con el consumidor como beneficiario, tanto en precio como en calidad. DOS: Al comprar un producto el cliente pregunta el precio y el comerciante se lo dice. El precio está en función de lo que vimos en el primer ejemplo y para nada estaría relacionado con el salario del cliente, ya sea este un obrero de la construcción, un arquitecto o un desempleado. ¿Alguien puede pensar que entra en una tienda a comprar un cepillo de dientes y el dependiente le pide su Declaración de Impuestos para establecer cuánto le va a cobrar por el cepillo? Pues eso es exactamente lo que ocurre cuando una persona se inscribe o trata de inscribirse en el Obamacare.

No sé a qué mente retorcidamente mercantilista pudo habérsele ocurrido semejante aberración. La lógica indicaba que si de pronto habría millones de clientes nuevos, los precios del cuidado médico disminuyeran ostensiblemente, como en cualquier otro mercado, pero aquí ocurre lo contrario, aumentan hasta límites inimaginables, que obligan a las personas a “preferir” pagar la multa y seguir sin seguro médico.

Seguramente se argumentará que lo que pagan unos de más, servirá –aparte de disparar las ganancias– para compensar a los que pagan menos. No es un argumento ético ni justo. Que busquen fondos en otro lado. Y una pregunta más: ¿para dónde va el dinero de las multas y qué se haría con él?

No sé si los políticos van a renunciar a sus seguros cubiertos por los contribuyentes para acogerse al Obamacare, pero lo dudo.

La reforma al sistema de salud es algo imprescindible, pero no había que inventar el agua tibia. Hace mucho tiempo que está inventada. Bastaba con mirar hacia el norte, hacia Canadá, o hacia Europa y aprender de ellos. Tienen sistemas de salud que no son perfectos, pero cubren a todos sus naturales, incluyendo las medicinas y son más baratos. Amén que está el sector privado brindando opciones verdaderamente asequibles. Las multas y los castigos no aplican. Podría incluir aquí estadísticas, pero ya aburren y a nadie le importan.

Para concluir: El Obamacare parece una confabulación entre políticos, cabilderos y centros de salud –de alguna forma hay que llamarlos–, para enriquecer aún más a unos cuantos. ¿Obama qué?

Escritor cubano.

Publicado en el Miami Herald

About the Author

Leave a Reply

Your email address will not be published.